Foto sobre film del estudio que estaba en 23,
cerca de M. de Justicia.
Al lector: Mañana será 9 de abril, pero del 2,026. Mangoconarrozdos dedica este número al 9 de Abril de 1,958, en honor y recuerdo de todos aquellos que lucharon contra la tiranía batistiana, lo que causó la pérdida de muchos cubanos que buscaban terminar con el régimen de terror; rescatar la Libertad y la democracia para la Patria. Hoy, otros pueblos tienen similar situación y también se esfuerzan por ser Libres e independientes, dentro de un sistema democrático. ¡Así sea!, ¡Honor y recuerdo eterno para los que dieron la vida o la libertad luchando por un mundo mejor!
Esperamos que sirva a los cubanos actuales para apreciar, conocer el valor y sacrificio de combatientes y ciudadanos que,- a riesgo de la vida propia y de quienes los ayudaban-, lucharon contra el tirano por un mundo mejor. La Editora.
Por Aldo Rivero Palenzuela (El Bromo). Narración de su libro “Años de Rebeldía”. Marcelo Salado Lastra. Foto Ecured.
Galiano era una de
las calles más populosas de la Capital. Decenas de tiendas por departamento
como bares, cafeterías, cines, con el gran edificio del Ten Cent, visitado
diariamente por miles de personas.
Aun a esta hora de
la noche, la deslumbrante iluminación de la calle era atrayente. Cientos de
letreros lumínicos imprimían al pavimento una tonalidad multicolor. Foto sin
autor de Marcelo Salado.
El tránsito de guaguas,-ómnibus-,
y autos,- carros-, era muy intenso, así como el ir y venir de cientos de
transeúntes que dificultan el andar.
Ha bajado de una
guagua unas calles antes de llegar a la calle Reina. Se confunde entre las gentes por los
espaciosos portales y de súbito, tuerce a la derecha, entrando en una moderna
construcción de apartamentos.
Sube presuroso por
una amplia escalera tapizada de grandes azulejos blancos, rematados por bellas
cornisas color vino. Los escalones son anchos, de mármol blanco. Llega a su
destino: un apartamento en el segundo piso. Donde hay solamente otras dos
personas. Llama discretamente en el número dos. Sabe que lo están observando
desde dentro por la mirilla.
Mirta abre la
puerta. Se saludan en forma breve y en voz baja. Ya instalado en la sala, le
dice que su esposo se está bañando. Son cerca de la diez de la noche.
Fernando aparece por
una puerta lateral, vistiendo un pijama azul, de mangas ribeteadas. La saluda
afectuosamente y pregunta: ¿Comiste?,
-Sí, algo en El Siglo Veinte. -Bueno,
Mirta está preparando unas boberías. Si quieres, comes con nosotros y refuerzas
un poco.
Le responde negativamente
con la cabeza y él lo invita a sentarse frente al televisor. Intenta prestar
atención a un film norteamericano de crímenes, pero no lo consigue.
La pareja ha
terminado de comer; mientras Mirta recoge la mesa, Fernando, percatandose de
que está preocupado, pregunta: -Qué
Alejandro, ¿ha pasado algo? -Sí. Esta mañana encontramos otro compañero muerto. Era alguien muy
querido. Colocaron una bomba y una pistola cerca de su cadáver.
-Más crímenes... exclama... ¿Cuándo terminará
todo esto? Todos los días aparece un joven asesinado.
Se levanta y con
pasos presurosos se dirige al cuarto, regresando con un cigarro en los labios,
mientras, con sus manos, juguetea nerviosamente con la fosforera y la
cajetilla.
Mirta ha escuchado
parte de la conversación: se acerca agitada, nerviosa. Asesinaron a otro compañero, le explica Fernando. Ha aparecido esta mañana en el parque de la
Normal.
Mirta, con evidente
nerviosismo, se alisa el pelo rubio con ambas manos, mientras que una y otra
vez se retuerce los dedos con desesperación. Sus bellos ojos verdes parpadean
nerviosamente mientras exclama, mirándonos a la cara: Terrible… terrible. ¡Hasta cuándo será esto, Dios mío!, ¡Esta gente va a acabar con nuestra juventud!
Fernando pide a
Mirta que traiga un poco de café para tratar de la disipar la densa atmósfera
que pende sobre todos en el confortable apartamento.
Regresa al momento
con dos bellas tácitas azules. Fernando bebé de un sorbo e inmediatamente, con
premura, enciende otro cigarro, exhalando blancas bocanadas de humo que se
tornan plateadas, al entremezclarse con la luz que despiden las imágenes del
televisor.
No pueden, aunque lo
intentan, ocultar la ansiedad, la incertidumbre y el sobresalto que los
embarga. Tratan de prestar atención a la película, concentrándose, pero no lo
logran. Deben estar pensando, entre otras cosas, en el peligro que corren con
su presencia en la casa.
Siente, muy dentro
de sí, gran pena por ellos. Son un matrimonio joven, de algo más de treinta
años, bancarios. Económicamente no tienen dificultades y un futuro por delante.
Se aman y, antes de su llegada, vivían sosegadamente. No corrían peligro
alguno. Se divertían con frecuencia, realizando visitas a numerosos amigos.
Todo se había interrumpido con su irrupción en sus vidas, cuando aceptaron
esconderlo en su casa. Había sido un hermoso gesto que agradeció desde el fondo
del corazón.
Se da cuenta de que
están pensando cosas diferentes. Decide retirarse a dormir y, simulando
cansancio, se pone de pie. Dice a Fernando, que mañana tiene que levantarse
temprano y se retira a la habitación que han destinado para él. Mirta se
apresura en apagar el televisor mientras su esposo enciende otro cigarro. Se
despiden amablemente deseándose mutuamente buenas noches.
Ya en el cuarto,
enciende una pequeña lamparita y comienza a desvestirse. Coloca los peines de
la pistola dentro de sus zapatos, se quita la camisa y del bolsillo trasero del
pantalón, del que nunca se separa, presto a saltar de la cama a la menor señal
de peligro, extrae la billetera. Es su pequeña y nocturna dosis de nostalgia. Allí
está la foto de Gema, la joven que ama.
La contempla larga y
detenidamente, con melancolía y sin quererlo, para sus adentros, se pregunta: ¿Llegaré
al final, podré estar a su lado alguna vez? El peligro acecha por todas partes, estando
siempre cerca de él, la muerte, por ello, lo único que ha hecho, en los últimos
tiempos, es huir de ella, esquivándola, haciéndola más distante y menos real,
sin perder de vista, que siempre estará en su vida.
Enio Leyva Fuentes, compañero de lucha de Fontán hasta julio de
1,956, ofreció testimonio: (…) “Lo
recuerdo como un joven extrovertido, muy bromista, que empleaba la ironía con
tal elegancia que era capaz de educar con expresiones tan sutiles, las cuales
en boca de otros hubieran sido hirientes”.
Fontán está presente
con su nombre en un preuniversitario del municipio de Centro Habana. Hay
fotografías del mártir por doquier, pero pasan inadvertidas, al igual que las tantas
biografías que nadie lee, pues en un sondeo realizado en el centro, a 95
estudiantes de un total de 302, en décimo grado, 70 de ellos desconocían por completo al revolucionario, a
pesar de ser el mártir de su escuela.
En la parada de Infanta y Santo Tomás, Abreu fue reconocido por el agente Pablo Núrquez, del Buró de Investigaciones, que lo conocía por haberlo detenido en una ocasión. Fue salvajemente torturado en la Novena Estación de Policía, pero no delató a nadie”. Foto, probable, de islaalsur.wordpress.com
https://islalsur.wordpress.com/2019/10/03/clandestino-en-la-memoria-de-su-gente/
Apaga la lámpara y
hace esfuerzos por dormir. Queda entre dormido y despierto, con un
estrepitoso carrusel dando vueltas en la cabeza. Por fin, se duerme;
agitado e incómodo, con visiones en los sueños que se suceden una tras otra.
“Despierta de un salto en la
cama. Están tocando fuertemente la puerta. Es próximo a la una de la madrugada.
Se viste presuroso, toma los peines de la pistola de sus zapatos y pone una
bala en el directo, saliendo resueltamente a la sala. Han encendido una tenue
luz, pudiendo observar a Fernando y a Mirta abrazados por la cintura, pálidos,
temblorosos, aterrados. Al verlo, pistola en mano, empeoran.
Le inspiran pena,
compasión, en su ingenua juventud y amor. Deja de pensar en su situación. Es
verdad que lo han ayudado mucho, pero es evidente que no están preparados para
enfrentar la muerte, sobre todo ahora, que la presienten tan cerca. Siempre fue
una ética en la práctica diaria, pensar y preocuparse más por los inocentes,
las mujeres, los niños, los ancianos y los que no formaban parte de la lucha
contra la tiranía.
Ante aquella entrañable visión de amor, que
lo conmovía, de parte de los que tanto habían ayudado, en tantas noches de
peligro, decide no presentar combate, lo que sería una muerte segura para
ellos.
Sí. Coloca por fin
la pistola sobre un mueble cercano. Tiene el martillo levantado, amenazante y
por fin les dice: -“Abran la puerta. No
teman. No voy a ofrecer resistencia”.
Vuelven a llamar
insistentemente, ahora con más fuerza. Del otro lado de la puerta, gritan: -¡La
policía!
Mirta, como quien camina hacia el patíbulo,
indecisa, tambaleante, se dirige a la puerta: apenas la abre una manada de
lobos hambrientos ha irrumpido en la sala. Portan armas automáticas. Algunas
pistolas, los encañonan y, gritandoles, les ordenan levantar los brazos,
procediendo a registrarlos brutalmente. Alguien saca de su ropa la billetera y
la entrega al Jefe del grupo, quien la abre y dirige una escrutadora mirada a
la foto de mi amor.
-¿Y ésta? ¿Quién cojones es? Él balbucea...
Mi hermana... le contesta intentando ser natural. Cómo te llamas. -Alejandro,
responde. Alejandro qué. Alejandro Gómez.
-Así que Alejandro Gómez, maricon. Tú vas a
ver; cuando lleguemos a la Novena, cómo te acuerdas de tu verdadero nombre. ¡Hijo
de puta!
Suben y bajan por
las escaleras. Han virado el departamento al revés, registrándolo todo. De
pronto, el acogedor lugar quedó convertido en un infierno. Los libros tirados
por el piso, las gavetas volteadas, con las cosas de su interior dispersas por
todas partes.
Los colchones quitados
de las camas, las almohadas rasgadas, buscando en su interior quién sabe qué.
La cocina no ha sido olvidada y para no dejar de destruirlo todo, el
refrigerador ha sido víctima también de los desmanes.
Se han apoderado de
su pistola, de la que han retirado las balas. Se llevan, fuera del apartamento
a Fernando y a Mirta, blancos como la cera, más bien fantasmas horrorizados con
la sorpresa del inmediato destino que les espera.
Los pierde de vista
escaleras abajo. Sólo puede escuchar los sollozos de la joven cuando repetía a
Fernando. Te lo decía... Te lo decía...
Los otros
apartamentos permanecían en el más absoluto silencio. Todos deben estar
escuchando detrás de sus puertas, pero el resto de los pisos del edificio,
semejan un cementerio de puertas cerradas.
Lo esposan
cruelmente. Golpes de puño y culatazos de los M2 en las costillas. Lo bajan del
apartamento a empujones y puntapiés, golpeándoles por los riñones y el cuerpo.
Dos esbirros lo sostienen para evitar que caiga al suelo.
Han llegado a
Galiano. Ahora no ofrece la visión de vida que tenía cuando lo recorriera a las
diez de la noche. Solitaria, apenas si hay autos. Los escasos transeúntes se
esconden ante el espectáculo de la detención que llevan a cabo. Aquellas fieras
nocturnas sólo inspiran temor.
Próximos a la acera
hay varios carros oficiales; escucha la voz resonante del locutor que, desde el
control de radio, imparte órdenes y más órdenes:
-Carro placa 83210, Buick, color rojo.
Transita sospechosamente por 23, en dirección a Malecón. -Adelante, carro 83.
Positivo, proceda como conoce. -El registro de la calle Galiano es positivo.
Regresamos al lugar.
De un tirón lo
introducen en uno de los carros. -Cojan por Reina a Carlos III y de allí a
Zapata. Destino 9na. Estación. [Aunque en casi todas se torturó y asesinó a
luchadores contra la tiranía, las más “destacadas” fueron la Quinta Estación,
la Novena y la Primera. Además, la guarnición de la marina de Guerra de la
Chorrera, en la desembocadura del Almendares.]
Han llegado. Las horas de su vida están
contadas. Se mira los dedos
y recuerda a Carlos; su inseparable amigo, repitiendo: Me sobran los dedos de esta mano para contar las horas que me quedan de
vida.
Lo tiran del auto
como si fuera un fardo, como un animal de matadero, conduciéndolo a un
saloncito en que hay un pequeño grupo de personas, de las cuales sólo puede
identificar a dos o tres. Comienzan a pegarle con todo lo que tienen a su
alcance, con cuanto se les ocurre.
Para él, que los
conoce, es prueba inequívoca de que no tienen intención de presentarlo ante los
tribunales. -Tú no te llamas Alejandro,
hijo de puta. Eres Arturo Almagro, vociferan preguntándole por las pistolas
que tienen ocultas.
-Dónde están las pistolas,
cabrón. Dónde las tienes
escondidas. Lo interrogan sobre los sucesos de la Terminal de Ómnibus. Por
el incendio del circo de Gaby, Fofo y Miliki. Por lo de las bombas. -¿Dónde están las bombas que te dio Ramón?
Calla. Siente un
odio muy profundo. Se da cuenta de que le preguntan por cosas lógicas y otras
que nada tienen que ver con sus acciones. Es simplemente un pretexto para
torturarlo a golpes.
Le duele
terriblemente el cuerpo, pero la conciencia, el amor a la causa, el honor propio
y el recuerdo de los que antes, que él, han transitado por este horrible
instante, convirtiéndose en héroes, lo hacen sentirse más obligado a guardar
silencio.
Está totalmente
indefenso, entre aquella jauría de hijos de puta y siente crecer dentro, la
necesidad física, moral, de que lo vean valeroso, hombre, en fin,
revolucionario.
Súbitamente, de un
portazo, se ha abierto la puerta. Hace su entrada el coronel, con varios
esbirros más, todos vestidos de civil. Mirándolo con desprecio, le dice
irónicamente:
-No jodas más, chico, tú sabes que nosotros
conocemos que has puesto bombas, que has dado candela, que has participado en
sabotajes, que incluso has matado policías. Hijo de la gran puta. Pero tú
también sabes que te llego la hora. Qué te jodiste.
Los que le
acompañan, le pegan puntapiés, puñetazos, le golpean por la cabeza. De repente
oye como la fractura de una caña brava (bambú). No siente más. No recuerda. No
padece...
Ventura, esbirro y
policía de experiencia. Sabe de sobra que aquella golpiza no se puede
prolongar. Que si ya no ha hablado, no lo hará y que además, ya no puede
hacerlo. Está en muy malas condiciones. Sale del pequeño recinto y sube a su
refrigerado e iluminado despacho y, por el teléfono oficial, habla como en
clave convenida, con otro oficial de igual catadura.
Le solicita ayuda a
su interlocutor: Pide una lancha patrullera, y sonríe satisfecho.
-Bueno. Aquí estamos para ayudarnos siempre
en lo que sea. Bueno, dentro de una hora lo tengo listo. Desaparecelo. Bueno,
salud, dice al despedirse, colgando el auricular.
Del Estado Mayor de
la Marina de Guerra del tirano, a esa hora de la noche, sale un grupo de
hombres del despacho del jefe de la Inteligencia Naval. Un alférez de fragata,
un marinero y un esbirro vestido de civil.
En el parqueo hay
estacionado un auto panel cerrado, que en su interior lleva un tanque de 55
galones, de los que comúnmente se utilizan para transportar aceite. Pero esta vez está vacío y no
tiene tapa. Varios sacos de cemento están a su lado. Los tres desalmados
montan y se dirigen a la Novena Estación. Ya allí, entre varios sacan el cuerpo exánime,
probablemente sin Vida, de Alejandro y, en macabra ayuda, lo arrojaron dentro del
tanque.
Con una manguera, lo
llenan de agua y le agregan cemento. Edifican, aunque no lo sepan, un monumento
a la heroicidad y la gloria de un héroe que enfrenta la muerte,… Después, en la
solitaria madrugada, avanzan hacia su último destino.
Alejandro no puede
ya contemplar su ciudad, las calles que recorrió con ilusiones, perseguido y acosado,
pero lleno de esperanzas, que hoy quieren aprisionar e inmovilizar en el
cemento fatídico”.
Llegan al embarcadero de la Marina, más
conocido por La Chorrera.
El alférez de fragata
se lanza del panel y casi corriendo se dirige al Comandante de la patrullera
con el que, silenciosamente, conversa a media voz. Es sobre algo que ya ha sido
acordado. Es algo que, además, no se realiza por primera vez. Es un
procedimiento conocido.
Entre todos bajan el
pesado tanque, colocándolo en la popa de la lancha, la que de inmediato avanza
rumbo Norte, siempre rumbo Norte, en la oscuridad de la noche.
El mar está en
calma. Algunos pescadores ven pasar la veloz lancha patrullera y desconfiados
la siguen con la vista fija en el mar inmenso, abarcador. Ignoran la pesada y
criminal carga que llevan aquellos asesinos, al igual que Alejandro, al que su
pueblo recordara después.
Ha llegado el triunfo. En los primeros días, Gema lee en una
página del periódico, la noticia de que, en el barrio en que había vivido
Alejandro, se inaugurara, aquella mañana una escuela con su nombre: Arturo Almagro.
Recuerda estremecida aquel joven que siendo un adolescente, nunca encontró el instante ni la palabra precisa para declararle su amor. Su esposo, al verla palidecer, le pregunta. -Qué te ocurre, Gema. -Nada, ha sido el viento”.
Salto hacia la sala,
pistola en mano, y contempló a Mirta y a Fernando abrazados, pálidos de miedo,
ante la llamada insistente:
En los segundos que mediaron entre la vida y
la muerte, el grito que escuchó fue otro: ¡¡¡TELEGRAMA URGENTE!!!
El marido, con las manos heladas de miedo, abre el picaporte de la puerta que queda abierta. Ella, con el semblante transfigurado, se abalanza sobre el cartero, toma entre sus manos el telegrama y lee en voz alta el contenido: Papá murió hoy a las 10.00. Ven pronto. Tu hermano.
-¡¡¡Es que
su padre ha muerto!!!
La muerte se había burlado. La vida, al fin, continuaba. Ahora, se miraron, de forma diferente, a
la de hacía unos instantes, suspirando, casi felices.
Alejandro se retiró
lentamente al cuarto. Un torrente de pensamientos sombríos lo acosaban. Sí. El padre de Mirta había muerto, pero ellos
vivirían.
Nota del Editor: todas las narraciones del libro “Años de Rebeldía” corresponden a un
hecho real, escrito por Aldo Rivero Palenzuela, (el Bromo*) en los últimos años de su vida. [*Aldo Rivero era conocido, en la lucha contra la tiranía, por el
sobrenombre del “Bromo”, en alusión al anuncio en que el antiácido, siempre
caía dentro del vaso: Bromo-Seltzer.
En el caso de Aldo, es que pudo escapar, por los pelos, más de una ocasión.
El blog https://mangoconarrozdos.blogspot.com se hace sin ánimo de lucro. No percibimos ingresos por él. Sólo lo creamos para brindarle información y entretenimiento. Por razones de espacio algunos artículos han sido resumidos. Si desea leer el texto completo debe ir al vínculo que mostramos en el tema. Salvo que se especifique lo contrario, las negritas, itálicas, y subrayados son del Editor. El sentido de (…) y de… es indicar que se ha condensado la obra original. Los comentarios entre [ ] son del Editor.
Nuestro blog es posible por los servicios gratuitos de diferentes empresas internacionales de comunicación, las Alertas de Google, Nationalgeographic.com, Xakata y otras fuentes en las que confiamos.