jueves, 11 de junio de 2026

425. Amor.

Cuento: AmorPor Romel H. Zell.


- Va por el 205. Todavía nos falta un poquito. No te apures que es temprano.

La voz venía detrás de mí. Por el tono, parecía de una mujer mayor. Normal, ni estridente ni dulce. Normal. En ese momento no me llamó la atención. Estaba concentrado en la disposición de las pizarras que llenaban el local: ocho, pero una era sólo para recepción, supongo que de documentos. Foto: lacomarcadepuertollano.com

En las otras siete, intercalaban claves y números que, supongo, correspondían a gestiones de diferentes tipos. Un timbre más o menos discreto avisaba el cambio de número y la mesa que correspondía para la atención. Su sonido agudo posiblemente no lo captarían muchos de los ancianos presentes: ¡Clint!

Mi gestión era para obtener el cupón anual de transporte de la Comunidad de Madrid. Era casi el último día de entrega, el viernes 28 de diciembre. Así que solamente quedaba como laborable el 31, si no había huelga.

El amplio y cómodo local estaba lleno: personas mayores, algunas mujeres con niños, muchos de pie que,- como yo-, estaban recostados o sentados en el suelo esperando que alguno de los muchos asientos se desocupara, como me había tocado en suerte. La pierna me dolía, había caminado mucho y ya estaba inflamada. ¡Y lo que me quedaba todavía!

¡Clint! A-206. ¡Clint! R-10.

-No. Eso no es para nosotros. Ya estamos cerca, volvió a decir la que suponía una señora mayor.

¡Clint! A-207. ¡Clint! A-208.

- No. Todavía. No te desesperes. Espera un momento. Esto va rápido. Verás que pronto nos toca a nosotros.

Aquello me convenció de la falta de orientación al público y su exceso. En lugar de pedir el abono por e-mail o correo había tenido que concurrir dos veces al Consorcio de Transporte, a 50 km. de mi casa e invertido un día en cada viaje.

Creía haber ido preparado: el DNI de mi esposa, una autorización suya para pedir su abono, el dinero para pagar el de ambos, fotos: todo lo que se me ocurrió. ¡Pero los burócratas saben mucho más! ¡Apareció una planilla que ella debía rellenar con sus datos, firma y traerla junto con la autorización que previsoramente había hecho!

Además, debía ir al banco y ¡pagar en efectivo! el importe correspondiente de cada uno de los abonos solicitados. ¡¿Será posible?! ¿Pagar en efectivo, pedir recibo al banco? Pero, ¿en qué siglo viven? ¡Esta gente no ha descubierto la tarjeta de pago, la transferencia bancaria, Internet! ¡¡¡Siguen en la Edad Media!!!

¡Re-Dios! Es fácil explicarse la lentitud, las más de cien personas de todas las edades esperando, muchos “más mayores” con dificultades para oír, moverse, entender, como la persona que estaba preguntando todo el tiempo cuándo le llamarían. En estas reflexiones, sonó el timbre de nuevo:

¡Clint! R-11. ¡Clint! A-209.

Que no cariño! ¡Que no nos toca todavía! No te desesperes. Esto va rápido y ahorita nos vamos para la casa.

¡Ahora si estaba interesado! ¿Por qué daba tantas explicaciones seguidas la señora, a quién se las daba? Con tacto,- disimulo-, traté de ver quién o quiénes eran. Por la derecha no podía, por la izquierda tampoco. No pensaba levantarme, porque era evidente que estaban detrás de mí y tendría que volverme para verlos. No. No lo haría porque no deseaba pararme por la puñetera rodilla-pierna y su dolor.

La voz era dulce, en tono controlado, con mucho cariño dirigida a alguien que farfullaba algo que no entendía, muy bajo y estropajoso. Decididamente, tenía que ver quiénes eran. Simule un entumecimiento,- lo que no me costó gran trabajo-, me paré apoyándome en la garrota (bastón). Primero miré hacia un lado, después hacia otro y por fin, hacia detrás de mí.

Efectivamente, ella era una mujercita pequeña, muy modestamente vestida, con gafas y un sombrerito pequeñito también. No muy abrigada para aquel día del fin de diciembre, con 2º C. (35º F), casi congelación en la calle. Él era el doble de alto que ella. Debió ser fuerte cuando joven. Ahora tenía gruesas gafas y estaba encorvado, mirando hacia todos lados, como perdido.

Bueno, la investigación no me dijo mucho. No entendía porque él preguntaba tan seguido cuando las pizarras lo decían todo. En la entrada, había una máquina que te entregaba un ticket para la gestión que fueras a realizar. El recepcionista te ayudaba e indicaba la letra que debías pulsar para que saliera el comprobante con el número. Todo sencillo, menos la aglomeración, el desgaste físico y mental de muchos de los presentes.

Algunos tenían concentrada la atención en los móviles: jugaban con ellos; otros tenían e-ebook y leían tranquilamente. El vecino mío lo hacía en uno normal, de bolsillo. No entiendo cómo podía leer esa letrica tan pequeña pero él,- como los otros-, no levantaba la cabeza nada más que cuando sonaba el puñetero ¡Clint! para saber los que le quedaban por delante.

Realmente cómodo. Así pocos miraban a la señora con una muleta: estaba operada de un pie por el tipo de zapato abierto que usaba. Se apoyaba en un carrito mientras su niño jugaba por la sala. Además de ella, había varias ancianas de pie, cazando el primer asiento que quedará vació.

Volvió de pronto, con total claridad, el recuerdo quemado en la memoria de 60 años atrás: la vergüenza que me hizo pasar mi madre cuando tenía 15-17 años: ella dio el asiento a una señora mientras yo me hacía el tonto.

No podía esperar que alguien ofreciera un asiento a la operada; el recuerdo me impulsaba a levantarme y ofrecerle el mío, pero realmente no podía con el dolor de rodilla. Hice de tripas corazón y aguante. Como es mi costumbre, me puse a estudiar la “manada humana”.

Había de todo, como en botica. Una parejita acaramelada en la esquina como si estuvieran solos en una isla. Un poco pasados de rosca, pero eso es normal en estos tiempos. En la Recepción, un viejo estaba dando un escándalo porque no lo atendían. La empleada con paciencia y educación, le indicaba que esa no era la ventanilla que él tenía asignada, ni tampoco su número. Al final, el hombre, refunfuñando y no convencido pero vencido, aceptó sentarse y esperar.

¡Clint! A- 210. ¡Clint! A- 211. ¡Clint! R-12.

- No cariño. No es para nosotros. Tú tienes que venir conmigo cuando nos toque, por si hay que firmar algún papel. ¡No! ¡No te puedes quedar aquí! Vienes conmigo. La señora seguía hablando con voz controlada, en tono bajo, pero firme, imponiéndose a una voluntad que deseaba hacer algo diferente o no hacer nada.

En esa conversación oí el número que tenían: A-288. ¡Bingo! El mío era el A-287. Los vería de pie y, tal vez, podría comprender qué le ocurría al señor.

Aunque la atención y el lugar eran adecuados, para mí, absurdo lo que ocurría: por una gestión administrativa tan simple como comprar el abono anual de transporte había tenido que recorrer 100 Km, venir dos veces a este único sitio de atención para, por último, volver a donde Cristo dio las tres voces y nadie le respondió 2.

Tres buses y dos metros: ¡Casi nada! ¡Y eso mismo lo tienen que hacer cientos de madrileños! ¡Absurdo! ¡Qué pérdida de tiempo, gastos innecesarios! Que ocurra semejante dislate es sólo indiferencia, apatía administrativa, además de impunidad ante la opinión pública. Desde luego, como siempre, me estoy metiendo donde ya no debiera importarme, pero todavía corre sangre por mis venas. No aprendo.

Volviendo a lo nuestro: siguieron llamando y continuó la señora calmando a su acompañante, hasta que llegó mi número: A-287. Me levanté con bastante esfuerzo, ya predispuesto a que me dijeran que faltaba o sobraba algo, aunque había traído ¡hasta el pasaporte!, por si las moscas. Fui a mi ventanilla caminando despacio, dando tiempo que llamarán a la pareja del A-288, lo cual efectivamente ocurrió.

Ella resultó más pequeña todavía al lado de aquel hombretón ya decrépito y encorvado. Ahora vi claramente lo que le ocurría: Parkinson avanzado. Era todo un temblor el pobre hombre. Se apoyaba en ella más que en la garrota y, sin pretenderlo ni darse cuenta, le hacía daño con su peso. No importaba: lo guió entre niños y parejitas, jóvenes indiferentes y ancianos perdidos hasta su ventanilla, cercana a la mía.

¡Gran suerte! Ambos cumplíamos los requisitos administrativos. Nos aceptaron los documentos, el recibo, el formulario, esperamos un momento para que nos dieran nuestro abono y nos marchamos felices,- ella y yo porque él no se enteraba de nada-, para volver a nuestras casas. La mía a 50 Km. y, espero, que la de ellos más cercana.

Como soy curioso,- no cotilleo 3 -, quise ir al lado de ellos y ver hacia dónde se dirigían pero, como soy un inútil para el sentido de orientación, en lugar de entrar por la misma boca del metro que ellos lo hice por la contraria, con el resultado que los tenía en la acera del frente caminando lentamente.

Al verlos de esa forma, solos, desamparados, él dependiendo de ella, no pude evitar pensar en qué le ocurriría cuando no la tuviera a su lado, con su cariño permanente, su atención amorosa, su paciencia infinita… Foto: helvetia.zonalibre.org

Sin quererlo, me vi reflejado en esa pareja y en su amor. La tristeza me invadió al pensar en el inevitable futuro cercano, por ellos y por nosotros, pues mi compañera y yo tenemos mucho más de cincuenta años unidos. Sólo siento alegría y ganas de vivir a su lado. Sí, el amor es así: no importa el tiempo ni la belleza física. Mientras existe, merece la pena vivir, sino es por uno mismo, es por el que amamos. Eso es amor.

1) refunfuñar: 1. intr. Emitir voces confusas o palabras mal articuladas o entre dientes, en señal de enojo o desagrado. RAE

2) Donde Cristo dio las tres voces… Frase que expresa lugar muy distante y por lo regular, solitario. “El porqué de los dichos” de D. José Mª Iribarren.

3) cotillero, ra. 1. más., f. Cotilla (persona amiga de chismes y cuentos). RAE

Este “cuento” es un hecho real que viví en primera persona. Fue publicado el 25 de mayo de 2,013. Reimpreso: 11 de mayo de 2,026. Tiene tanta o más vigencia que en aquellos años difíciles para los ancianos o enfermos sin acompañante. Era común, en esa época, la publicación semanal de una o más muertes de personas mayores o enfermas, que no recibieron ayuda alguna.

Me place reconocer y aplaudir, el enorme cambio en la atención a las personas que viven solas o tienen necesidad de ayuda por sus dolencias. En la Comunidad de Madrid, existe el sistema de llamada a los centros de tele asistencia. El Botón colgante comunica en caso de una caída, golpe o cualquier presión que realice el poseedor. Atienden en minutos, trasladan o piden directamente, la asistencia de un médico, del 061 que te llama para determinar si envían una ambulancia equipada para el traslado del posible paciente.

Si es justo criticar lo mal hecho, también es injusto ocultar lo que es positivo para los ciudadanos. Desde luego, muchas cosas siguen estando mal.

Por ejemplo, las nuevas ambulancias tienen un peso de más de tres mil quinientos kilos, porque van equipadas con todo lo necesario para brindar asistencia al paciente. Este peso, determina que se trata de un “camión”, que el chofer debe obtener el correspondiente permiso para conducirlas. El costo de aprender a conducir un camión es alto, muy alto, por lo que NO hay la cantidad de choferes necesarios para ampliar el servicio.

Otros aspectos siguen pendientes de atención: tales como el ahorro de energía eléctrica en los hospitales, con cientos de locales iluminados innecesariamente por las noches. Ello permitiría incrementar los ingresos destinados a equipamiento, mejoras, aumento de personal técnico sanitario: en resumen es una barbaridad mantener innecesariamente encendidos hoy, cuando hay sistemas de control del encendido y apagado, activado por el movimiento o la falta de él.

Esperemos que, más pronto que tarde, también esta situación termine. Gracias a las Gerencias y Dirección que tienen que ver con la atención y cuidado de los madrileños necesitados de ayuda. R.

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La educación en casa está en auge ABC 31 mayo 2026 — La educación en casa se ha asociado durante mucho tiempo con padres excéntricos, niños torpes y una pedagogía poco sólida. Sin embargo, cada vez son más los padres que educan a sus hijos en casa. 

5. EL MUNDO DEL ARTE:

Del sevillano Gustavo Adolfo Bécquer (1,836-1,870) y de la excelente página lospoetas.com, tomamos esta breve poesía.

RIMA XXX
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino; ella, por otro;
pero, al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: — ¿Por qué callé aquel día?
Y ella dirá: — ¿Por qué no lloré yo?

Fuente: poemasromancesyamor.com

PARA REFRESCAR.

Un poco de humor no viene mal...

1.- Un ladrón entra en una Iglesia, con una navaja en la mano: el cura le dice: - Hijo mío, ¿por qué llevas esa navaja?

- Porque al primero que me contradiga lo mató. – Está bien, tranquilo hijo,... ¿Tú crees en Dios? - ¡No!, ¿y usted? - Noooo, nooo, ni se lo aconsejo a nadie...

2.- Un obispo le está echando la bronca a un cura de pueblo: Que te pongas vaqueros…. pase; Que lleves camisas hawaianas… pase; Que te hagas una coleta con el pelo que tienes… pase.

¡¡¡ Pero que en Semana Santa pongas un cartel de “Cerrado por defunción del hijo del Jefe”!!! ¡¡¡Eso sí que noo....!!! Colaboración Ángels T.

Próxima edición: La Editora continúa con los "mareos" que le ocasiona el ictus cerebral. Si la salud lo permite, en la primera quincena de julio.

Salvo que se especifique lo contrario, las negritas, itálicas, y subrayados son del Editor. El sentido de (…) y de… es indicar que se ha condensado la obra original. Los comentarios entre [ ] son de la Editora.

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