24
de febrero de 1,895, la fecha que cambió el sino de una isla y dos imperios.
Por Aries M Cañellas
Cabrera y Ernesto Cañellas Hernández. 24
febrero 2,022. Licenciado en Filosofía e Historia. Profesor e investigador,
Cienfueguero. Fuente: La Joven Cuba.
Fuente: Universidad de Holguín.
El 24 de febrero de 1,895 marca la fecha que agrieto, definitivamente,
el nexo político que ejercía España sobre Cuba. Tras cuatrocientos años de
dominación, La Siempre Fiel ponía nuevamente las armas de por
medio para solventar la tensa situación económica, política y social en
que estaba envuelta.
En la percepción tradicional de la historia prima un enfoque
unilateral, que asume la
guerra como una sorpresa para el gobierno colonial. Sin embargo,
el alzamiento de los Sartorius en Holguín —casi
coincidente con el viaje de los infantes españoles en 1,893—, el fracaso del
Plan de la Fernandina y la penetración de la inteligencia española en las filas
revolucionarias; mantenían alerta y en tensión a la Capitanía de la Isla. Incluso, el general Polavieja, desde su
retiro, lanzó en julio de 1,894 la advertencia de que en Cuba no se había
dejado de conspirar nunca.
Las reivindicaciones de los cubanos eran extensibles a la situación de muchos españoles en la Península: bajos sueldos, una infraestructura atrasada, problemas sanitarios y sociales que asfixiaban a las clases bajas de la sociedad. Además de las contradicciones en el seno de la clase política, que enquistaban decisiones primordiales para la modernización del país, diferencias que se verían agravadas al finalizar la contienda bélica.
Sobre el fenómeno cubano se ejercían otros puntos de presión. El más evidente era la penetración
norteamericana, primero
económica y luego con pretensiones políticas.
Desde un ala del senado español se identificó esta postura
norteamericana como un «conflicto internacional». Para contener los cantos
de sirena norteños, los liberales propusieron medidas dinámicas cercanas a la
autonomía, y sumar a la negociación a potencias europeas —Francia, Reino
Unido y Países Bajos—, con intereses en el área del Caribe. No obstante
el canovismo, sustentado por los integristas de la Gran Antilla, frenó cualquier flexibilidad del
monopolio político-económico insular: «Cuba es española, no se negocia y
punto».
La progresiva apertura a lo anglosajón —en general—, y a lo
norteamericano —en particular—, dentro de la actualidad cubana, fue percibida como un peligro por algunos
sectores, más conservadores y cercanos al poder colonial. Mientras, otros consideraban
al gigante del norte como símbolo del progreso y la modernidad americana.
Solo algunas figuras públicas, marcadamente independentistas, se
mostraban opuestas a la preponderancia que iba conquistando lo anglosajón en la
Isla.
Reconocían que la identidad
cubana, por su conformación, tenía una base española, pero deseaba desprenderse
del tutelaje al que la Metrópoli la sometía y le era imperativo obrar como
nación independiente.
Estas preocupaciones están presentes en el ideario martiano, que reconoce
el peligro latente dentro de la sociedad cubana —y de otras naciones del
continente—, que se bamboleaba hacia extremos apasionados sin identificar un proyecto soberano de nación, difícilmente
realizable sin el apoyo de una potencia exterior* sic (1) como resultará
al final de la guerra.
José Martí,
la Guerra Necesaria y el desastre del 98.
Si estas preocupaciones políticas, y sus repercusiones externas al
límite geográfico cubano, persistían
en el bando mambí antes del 24 de febrero de 1,895, ¿era posible que el
poder español desconociera la conspiración cubana y las intenciones
norteamericanas?
No, la realidad demuestra que el sistema de espionaje y
contrainteligencia español era eficiente, no así la burocracia oficial. El
control que se ejerció sobre las acciones de los caudillos cubanos en Costa
Rica, Jamaica, Santo Domingo y Nueva York, quedaba registrado con sorprendente
profusión de detalles en los informes enviados a Madrid.
Entonces, ¿por qué el liberal
Sagasta no actuó antes de la inminente sublevación?, ¿se permitió esta para realizar el mayor
despliegue militar que cruzó el Atlántico, cuyos fines iban más allá de la
propia Cuba? ¿Un hipotético nuevo conflicto bélico podría salvar a un
imperio en decadencia, que había vivido en menos de un siglo varios de ellos?
(1)
La supuesta desidia de Sagasta supuso el cese de su mando frente al
Consejo de Ministros —reemplazado por Cánovas, más cercano a la política de
mano dura y con el respaldo del mando militar. Sin embargo, la situación
política española y su débil condición de «imperio
allende los mares» estaba echada, la falta de un proyecto de nación sólido
en la Península era la causa real.
No se deben desconocer en el tema cubano los puntos de control e
influencia que ejercían las élites económicas del País Vasco y, sobre todo, la
burguesía catalana. El complejo entramado político insular se extendía, además,
por el convulso hilo que unió a los Capitanes Generales con las élites del
gobierno central desde los tiempos de Tacón —sustentado con botellas,
prebendas, y todo tipo de negocios turbios que enriquecieron a un sector
privilegiado.
Por desgracia para los intereses coloniales, el caso cubano no se
detenía ahí, pues el tinglado de patriotismo plañidero, que
reivindicaba la unidad nacional desde el interés de su bolsillo, estaba
matizado por la base monárquica criolla, que había sido clave en la
restauración de la monarquía borbónica. Entre los intereses concretos de los
políticos y militares de un lado y otro del Atlántico, estaba involucrada la no
menos poderosa compañía de Antonio López (posteriormente Compañía
Transatlántica S.A), que movía todo lo relacionado con la guerra, incluyendo
soldados, oficiales, pertrechos y familiares.
Con tantas manos, tantos jefes y tantas pretensiones políticas que
defender; la respuesta a las reivindicaciones cubanas solo podría ser de
carácter militar: la guerra beneficiaba a todos los elementos enumerados.
En Cuba se defendió, más que la permanencia del estatus de
isla-española, el propio modelo colonial, con su monarquía, sus círculos de
poder y el sui generis sistema de alternancia canovista. Para ello, el gobierno central no se detuvo a pensar en
la conveniencia de enviar cerca de 220 mil hombres hacia la Isla entre los
años 1895-1898, una cifra que desde 1868 arroja un total que supera el medio
millón de soldados. A finales del año 1900 la población española apenas
superaba los dieciocho millones de habitantes. El porcentaje de recursos
humanos usados para mantener una Cuba española muestra la verdadera importancia
de la isla para el sistema político peninsular.
Los costes económicos que suponía mantener la guerra de desgaste planteada
por los mambises, las protestas que levantó el servicio militar obligatorio y
el sistema de quintas, junto con la entrada norteamericana en el conflicto,
hicieron insostenibles la guerra de Ultramar (Cuba y Filipinas) y el propio
sistema de gobierno.
La nación española sufrió por Cuba. Fueron tres años de penurias para
la clase pobre peninsular, que además de perder a muchos de sus jóvenes (con
edades entre veintiuno y treinta y cinco años), debió sostener en gran medida
las necesidades básicas de la colonia, totalmente incapaz de hacerse cargo con los
fondos de Hacienda de los cuantiosos gastos que supuso el conflicto.
Historiadores más optimistas matizan sobre el desastre del 98, cuando
plantean que «se perdió Cuba, pero se ganó España». La realidad demuestra que
los conflictos que generó la guerra cubana siguen latentes, en el eterno
enfrentamiento que sostienen los piquetes anárquicos y los movimientos
independentistas vasco y catalán, con los legisladores del resto del reino.
La guerra de Cuba, ¿causa o excepción?
El fin del siglo XIX español quedó sellado aquel 24 de febrero de 1,895,
aunque no fue consumado técnicamente hasta el 3 de julio de 1,898 y finalmente
suscrito el 10 de diciembre de ese año con la firma del Tratado de París. Se
dejaba al otrora orgulloso «imperio monárquico» con una deuda de más de 40 mil
millones de pesetas y más de 100 mil muertos a sus espaldas. Y lo peor, con el
sentimiento de fracaso y agotamiento del sistema.
La guerra de Cuba sigue siendo uno de los episodios de mayor conflicto
en la historiografía española. Su pérdida es ampliamente analizada en la prensa
peninsular, antes, durante y después de 1898. Si existía cierto optimismo hasta
enero de ese año, con la entrada en vigor de la autonomía —más amplia de
la que había exigido desde la década anterior por el partido reformista
cubano—, los corresponsales en el terreno marcaban el ambiente abiertamente
separatista que emanará tras las políticas de Weyler, eficientes en el campo
militar pero terribles para la sociedad y la política.
La prensa española sentenció: «hemos
lanzado a la guerra a los pacíficos» y quedó impreso el espíritu derrotista
que la propia infanta Eulalia de Borbón, única integrante de la familia real
que pisó tierra cubana en visita oficial, reseñó en sus memorias años después:
«La revolución latía en la entraña cubana, aunque he de reconocer que en mis
siete días de estancia (mayo de 1893), cruzando entre los que poco después se
lanzan al campo, solo escuché palabras de respeto, de simpatía y de homenaje.
Pero vi que en Cuba, nuestra causa estaba perdida definitivamente». (2)
De la decadencia absoluta con que se percibió el fin del siglo XIX
español emergieron los valores que sirvieron para modernizar a una sociedad
aletargada en el sueño de la grandeza venida a menos.
El desastre consumado, a diferencia de las independencias americanas de
la primera mitad del XIX, quedó enraizado en el espíritu español. La guerra de
Cuba sirvió para acuñar el fin de un sistema y, cómo no, el nacimiento de una
de las frases más irónicas del lenguaje castellano para designar males mayores:
«más se perdió en Cuba y vinieron cantando».
(1) Carta a Gerardo Castellanos (4 de agosto de 1892)
y Carta al director del The New York Herald (2
de mayo de 1895).
(2) Memorias de la Infanta Doña Eulalia de Borbón, p. 187.
(1) La Editora posee un interesante libro sobre este
tema: nada más y nada menos, que “La
Diplomacia de los EE.UU. durante la Guerra-(Cubano)- Hispano Americana”, de
1,898” del profesor L. Vladimirov, publicado por Ediciones en Lenguas
Extranjeras. Moscú 1,958.
En esta obra, Vladimirov describe la intervención de los EE.UU. como “imperialista”,
cuando lo cierto es que tanto Gran Bretaña como España luchaban por mantener o
ampliar sus imperios. Lenin proclamó que la Guerra española- cubano- norteamericana fue la primera manifestación del
imperialismo y su lucha por nuevas posesiones.
Desde 1,850, y aún antes, se desarrollaba lo que se llamaba “el gran juego”, en el cual Rusia trataba
de dañar los intereses ingleses y extender su influencia en la India mediante
la ayuda a los príncipes hindúes descontentos
con el dominio inglés. Esta confrontación está descripta en la novela Kim de
la India.
Lo interesante de esta historia es que el embajador inglés se brindó
como intermediario y pacificador entre los norteamericanos y los españoles. A
su vez, el embajador ruso introdujo un “topo” en la vivienda del inglés, que le
informaba de las idas y venidas, de los consejos que daba que el embajador, y lo que sugería a los españoles y la posición del norteamericano.
Todo lo cual consta en los archivos imperiales zaristas, conservados y
estudiados por el profesor L. Vladimirov que lo recoge en su libro, pág. 62 de
la siguiente forma: “El día 9 de agosto,
por la mañana, el
Embajador británico visitó al duque de Tetuán y le aconsejó que renunciará al
envió del memorándum a las grandes potencias. Drummond Wolf, no pudo
contestar satisfactoriamente cuando el Ministro de Estado español le preguntó a
qué se debía tan inesperado cambio en su actitud.”
En la tarde del
mismo día, Drummond Wolf, pretextando
el carácter urgente de la cuestión, visitó de nuevo al duque de Tetuán para
comunicarle que Taylor, muy excitado, le había hecho saber que tenía
conocimiento, de fuentes confidenciales y fidedignas, de haber sido enviado o
estar próximo a enviarse a las grandes potencias un memorándum antiamericano.
Ajuicio de Taylor, agregó Wolf, este paso del gobierno de Madrid “comprometería”
las relaciones entre España y los EE.UU. y suscitaría una reacción de
hostilidad en Norteamérica. Wolf agregó que había conseguido tranquilizar al
Enviado norteamericano, expresándole su disposición a hacer de intermediario
entre Taylor y el Ministro de Estado**.
* Ferrara O. [Orestes] cit., p.57 (se cita documentos de los archivos del Dpto. de Estado de norteamericano.** Ferrara O., op. cit., p 50-52
Como podemos
apreciar, el embajador británico tenía amplias habilidades para jugar a las dos
caras y engañar a ambos.
En la pág. 167 del libro del profesor Vladimirov, cita este fragmento
del Almirante Cervera al Ministerio de Marina: “… Bermejo, el lamentable estado y la absoluta falta de
preparación de la marina. Decía que era ridículo enviar a combatir a 4,000
millas de sus bases a buques de guerra desprovisto de cañones, municiones y
carbón**. La defensa costera de las islas españolas era también insatisfactoria”.
Archivo de Política Exterior de Rusia, Ministerio de Negocios
Extranjeros, Cancillería., 1,898, exp. 70, f. 118.
Añado: éste fue el resultado de la batalla naval entre la flota española,- es un decir-, y la norteamericana:
"Se trataba de una derrota sin paliativos: la flota española quedó totalmente destruida con unas pérdidas de 323 muertos, 151 heridos y 1.720 prisioneros entre los que se contaba el propio Cervera, mientras que los estadounidenses increíblemente solo sufrieron una muerto y un herido, lo que demostraba sin lugar a dudas la superioridad en fuego y blindaje de la que había advertido el almirante". Fuente: Historia.nationalgeographic.com.es/a/batalla-naval-Santiago-cuba
PARA
REFRESCAR.
Pasando una plancha por la aduana...
Una distinguida dama venía en un vuelo de Irlanda y pidió al cura que venía al
lado de ella que le hiciera un favor: -Padre, ¿puedo pedirle un favor?
-Por supuesto, hija. ¿Qué puedo hacer por ti?
-Mire, Padre, compré una finísima plancha para el cabello para llevarle de
regalo a mi mamá por su cumpleaños. Viene en caja cerrada y sé que sobrepasa el
valor permitido para la aduana, y tengo miedo de que me la quiten. ¿Será posible
que usted la pase por la aduana por mí? Se me ocurre que quizás, debajo de su
sotana...
-Me encantará servirte, hija mía, pero debo advertirte: No puedo decir una sola
cosa que no sea la verdad.
-No
se preocupe, Padre, con su investidura nadie se atreverá a revisarlo.
Al llegar a la revisión, la señora dejó que el padre pasara antes que ella.
Preguntó el oficial: -Padre, ¿trae algo que declarar?
Dijo el sacerdote -De la cintura para arriba, no tengo nada qué declarar...
El oficial de migración pensó que era una respuesta muy extraña, así que le
preguntó
- ¿Y qué tiene que declarar de la cintura para abajo?
-Llevo un maravilloso instrumento diseñado para ser usado por las mujeres, pero
que hasta este momento permanece sin estrenar...
Soltando una carcajada dijo el oficial: - ¡Adelante, Padre...!, ¡El
siguienteeeeeee...!
Colaboración
de Héctor F.
Próxima edición: mediados
o finales del mes de Abril, si la salud lo permite.
Se hace sin ánimo de lucro. Salvo que se especifique lo contrario, las negritas, itálicas, y subrayados son del
Editor. El sentido de (…) y de… es indicar que se ha condensado la obra
original. Los comentarios entre [ ] son del Editor.
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