jueves, 30 de julio de 2026

427. Interesante historia de dos familias.

Capítulo I.

Esta narración está realizada integrando la vida de Yskra Lípiz García y Romel Hijarrubia Zell. El Lector está avisado de este “detalle”.

Era la tarde-noche del viernes 29 de 1,964, año bisiesto; había realizado un examen de matemáticas del cual había salido muy contento: tenía la nota más alta. Era un profesor de “los antiguos” recto, capacitado, que explicaba los antecedentes de los problemas matemáticos: ello te permitía razonar mejor lo planteado.

Era la “escuela” de formación para estudios económicos superiores, a la que asistía a partir de las 5 de la tarde hasta las 7 de la noche. Venía desde más de 25 km, Santiago de Las Vegas, hasta ella, situada en Ayestarán y 19 de Mayo, si mal no recuerdo.  Aunque era un trabajador de plantas telefónicas para comunicación de larga distancia, deseaba ampliar mi mundo. En los primeros meses del año 1,959 había matriculado Agronomía en la Quinta de los Molinos, que había sido residencia provisional del Generalísimo Máximo Gómez Báez, situada en Carlos III y Boyeros. Sin embargo, en esos meses tan revueltos, había tenido que dejar de asistir. Más tarde, decidí a reanudar los estudios superiores y eso hice.

Allí, y esa tarde, tuve el primer choque con la realidad del pasado que supervivía: un señor maduro,  alto, calvo, entradito en carnes, estaba copiando descaradamente el examen ante la vista de todos. Ninguno había actuado para impedir el fraude. Me dirigí al Delegado del Aula para que parara ese engaño, pero no dio resultado. Insistieron en que llamarían al alumno para, en privado, señalarle su mala actuación. Asumo que todo quedó en “agua de borrajas”. Veinte años más tarde, lo volví a encontrar en el Aeropuerto Internacional “José Martí” convertido en un importante funcionario. El Karma existe.

Al bajar la escalera que daba a 19 de Mayo, me llamó desde lo alto un conocido,- Héctor Heras-, joven brillante, de humilde cuna, que había conocido con su hermano Eduardo, en las luchas clandestinas, alumnos ambos de la Escuela Normal para Maestros de La Habana.

Dada su formación, trato y relaciones, pronto lo situaron en un alto cargo de asesoría adjunto al Presidente Urrutia. Parece que olvido de dónde provenía porque una tarde, al ir a saludarlo, me trato de forma incorrecta, lo que provocó que le “cantará las 40” por su soberbia. No obstante, cuando me llamó, fui a ver qué quería decirme: “Romel, Lípiz murió; está en la funeraria de 23 y L”. Él se marchaba, yo también. Minuto más o menos,- tal vez-, no me hubiera enterado de la muerte de un hombre al que quería como un padre. El Karma existe.

Graciano Lípiz Rodríguez me había acogido en el seno de su familia como uno más, porque mi madre estuvo ingresada en el Hospital para Tuberculosos “La Esperanza” desde el año 1,939 hasta 1,944/45. Mi padre estaba dedicado a sus trajines sindicales: no tenía condiciones para atendernos a mí, mi hermano y  hermana.

Por ello, pase por dos asilos para niños sin hogar: uno; fue una escuela de monjas con ellos,  cerca de Cuatro Caminos, el otro fue el Centro Martiano que estaba en Cojimar, siendo el destino de mis hermanos un hogar similar laico, perdiendo el contacto familiar. Un día pasó una procesión religiosa por la calle Monte. Con mis hermanos me puse a verla desfilar. Parece que hice algún comentario indebido, con el resultado de que las monjas me dieron una buena de cocotazos. Tenía,- más o menos-, 7-8 años. Quedó en mis recuerdos para toda la vida. Ello, tal vez, me llevó a no ser creyente y desconfiar bastante de los curas en general. El Karma existe.

Volviendo al velorio de Graciano Lípiz Rodríguez quien fue, desde muy joven, un personaje único. Anécdotas sobre él están por decenas. Lípiz fue siempre delgado, alto, de nariz aguileña, muy inteligente y buena persona. De mayor, fumaba tres o cuatro cajas de cigarrillos al día,  algún que otro puro, más café en abundancia. Era nervio vivo. El cáncer de pulmón lo mató.

Siendo estudiante de bachillerato, un “abusón” se dedicó a molestarle e intimidarle. Graciano no podía enfrentarse a él de “tú por tú”, puesto que el tipo era mucho más fuerte, alto y de más peso. Por tanto, comenzó a prepararse como boxeador aficionado de peso ligero. Cuando estuvo listo, desafió al sujeto a un combate, donde lo hizo quedar en ridículo. Tan bien peleó, que le propusieron continuase en el boxeo de manera profesional, lo que no aceptó.

Fue excelente espadachín y jugador de ajedrez. Al comenzar sus estudios de bachiller inevitablemente se mezcló en la lucha política nacional contra el Presidente Gerardo Machado Morales, cuyo primer período puede considerarse progresivo y el segundo una tiranía caribeña más. Graciano aprendió oratoria, arte que debieran conocer todos los luchadores sociales pues con él, se mueven “las masas” en el sentido que quiera el orador.

Incluso narró la historia de uno de los aspirantes a presidente de la República, al cual quisieron sabotear sus adversarios el discurso, llevando gente que lo interrumpían cada vez que comenzaba a exponer sus planes, caso de ganar.

El orador pronto dejó de intentar acallar a la plebe: sencillamente, se puso a mirar hacia las estrellas muy interesado. Según pasaba el tiempo, se iba acallando el griterío y eran más los que buscaban lo que había llamado la atención del orador. Al hacerse silencio, entonces comenzó su intervención: señalando como estábamos bajo un cielo estrellado, con libertad, limpio y claro como los propósitos que tenía caso de ser electo. No dijo Lípiz si el orador ganó o no las elecciones, sí que había usado el arte de la palabra para controlar y poner de su lado a las “masas”.

Volviendo al personaje y su vida, Graciano era hijo de Emilia Rodríguez Gato* y Vicente Lípiz Rodríguez**, ambos de oficio fabricantes de zapatos y reparadores de ellos, de ideología anarcosindicalista*, siendo los dos personas destacadas dentro de la organización anarquista. [*Anarcosindicalismo: una de las muchas ramas del Anarquismo como teoría política. Defiende el sistema de gobierno donde el estado sea regido por organizaciones obreras.] 

 ** Cuya dirección les pidió su migración a Cuba para organizar el núcleo de luchadores, que estiman como la mejor forma de organización social progresiva: el gobierno basado en la dirección colectiva, a través de los sindicatosAmbos, muy respetados en los medios obreros de España y Cuba por su combatividad.

En especial, Emilia era la típica mujer española de poco más de cinco pies de estatura, de una inteligencia muy clara y principios muy firmes. Cuando hablaba a los obreros, solía tener por estrado cajones vacíos de bacalao: sobre ellos arengaba a la multitud, con voz clara y alta, como claro y alto era lo que exigía para los suyos: Justicia Social.

Con estos antecedentes, no es de extrañar que Graciano y otros hijos de este singular matrimonio, estuvieran  altamente politizados socialmente por las ideas anarquistas o socialistas democráticas, que fuera así en el caso de Graciano, quien participó en la lucha contra la tiranía de Gerardo Machado y Morales de forma destacada.

Heme aquí en el salón de la funeraria, con decenas de amigos de los viejos y nuevos tiempos. Miré alrededor para descubrir antiguas caras y buscar las de la familia. Allí estaban conversando, reviviendo viejas o nuevas historias. Vi a una mujer que me llamó la atención por su pelo negro y figura, así como por la serenidad que mantenía en aquellos momentos de dolor. Era la mayor de las hijas de Graciano, Yskra, a quien no veía, ni sabía de su vida hacía más o menos diez/trece años.

Hicimos un aparte para recordar nuestro tiempo de niños: yo con ocho  o nueve  años, ella con diez u once. Inevitablemente, recordamos que, en esa época, yo aún me chupaba el dedo: ella se burlaba continuamente de mí. Un 20 de mayo de 1,944 cambiaba el gobierno de la República: dejaba el poder el general Fulgencio Batista Zaldívar: lo transfería al Dr. Ramón Grau San Martín. Cuando comenzó a escucharse el Himno Nacional, los hijos de Lípiz estaban conmigo y llevaron la mano a la frente o al corazón en saludo muy poco marcial.

Yo tenía el pulgar en la boca y, sin sacarlo de ella, estiré la mano hacia la frente, lo que a ellos  provocó gran risa y a mí, una furia incontrolable, que me dio por arrojarle a Yskra un tornillo de carpintería que no le dio por su rápida reacción. Como está otras historias: yo era parte de la familia, pero no del todo. Por la tarde, cuando Graciano regresaba a casa, los niños corrían hacia él; lo abrazaban y acompañaban hacia la vivienda. Yo me quedaba detrás, sin atreverme, pero deseando con todas mis fuerzas, correr también y abrazar a “mi padre”. Nunca llegué a irme al grupo de chiquillos y eso me dolía mucho.

Cuando nos cansamos de conversar y recordar, decidimos salir a respirar aire fresco, tomar algún café y regresar más despiertos. Bajamos, tomamos el café en la cafetería y decidimos irnos al muro del Malecón un rato. Nos sentamos allí tranquilos. No había viento ni frío en ese final del febrero caribeño, reanudamos la conversación. De una forma u otra, en algún momento, ella me preguntó sí era feliz: me quedé pensando en la pregunta y en la respuesta que debía dar.

En esos momentos pasaba por una doble situación muy difícil: trabajaba en la planta telefónica de Luz y Reyes, a tres calles de la casa de mi madre y hermanos; vivía con mi esposa y un niño al final de la Avenida de Dolores. Dedicaba mi tiempo al trabajo y a la lucha política que en el año 64 ya se apreciaba entre el dominio creciente del Partido Socialista Popular de la vida pública, laboral y social y las contradicciones con los que no querían tiraníacomunista” ni comunismo ruso, sino Libertad con Pan  y Democracia, que era por lo que se había luchado.

Además, el acelerado proceso de expropiación había mellado bastante el apoyo popular,- aunque aún era grande-, también lo era el descontento obrero porque volvieron las “donaciones de días de trabajo” o de “la libra de azúcar para Chile” o la lucha “contra bandidos”, “la donación de un día de trabajo para reconstruir El Encanto,- en el que nunca se invirtió un céntimo para su reconstrucción-, años más tarde, se hizo un parque muy popular; la milicia prácticamente obligatoria, que sin serlo, te colocaba entre los “disidentes” con las consecuencias políticas, sociales y laborales que conlleva ese calificativo:  en los centros de trabajo, la falta de diversidad de opiniones y el cerco a todos los que tuvieran la mínima discrepancia con lo que se estaba haciendo.

Por ejemplo se estableció de “ordeno y mando” el sábado como día laboral, cuando los trabajadores en muchos lugares pidieron laborar una hora diaria más, pero mantener el fin de semana libre, lo que no se aceptó por el gobierno sin explicación ni justificación.

Como nunca he permanecido callado ante lo que consideró un error, me había convertido en el cabecillade una oposición latente que no percibía como contraria a la “revolución”, sino a los errores que se estaban cometiendo uno tras otro.

Capítulo II. Y. La vida de mis padres en Madrid y Cataluña; más el posterior exilio forzado en Francia de la familia. (Texto de Yskra Lípiz García.)

Cuando le pregunté a Romel “si era feliz” no sabía cuál sería la posible respuesta. Nunca antes había dado señales de estar interesado en mí, sólo como un hermano, era nuestra relación: ahora se trataba de unir nuestras vidas, la de nuestros hijos y padres.

Una decisión muy difícil para ambos. Quedé esperando un rato su respuesta, con gran ilusión de ser aceptada. No deseaba en modo alguno que, siendo feliz, yo me interpusiera en su vida. Si su respuesta fuera que no era feliz, sería la mujer más dichosa del mundo, porque en aquel momento, estaba viuda  reconociendo mi interés como mujer,- por aquel medio hermano-, como hombre,   que sin haberlo pensado nunca antes, me atraía grandemente.

Habría que conocer que habían pasado, más o menos,  entre 10 y 13 años  de nuestro último  encuentro;  ambos éramos  ya, un hombre y una mujer, en la plenitud de nuestra juventud.

Nací en Barcelona, Cataluña, no por casualidad, sino porque mi padre, en el año 1,931, fue expulsado de Cuba por pertenecer y luchar en  organizaciones  contrarias a la tiranía de  Gerardo Machado.

Estando en la celda del  barco que lo conducía a España deportado, el Capitán  habló con él en diversas ocasiones, llegando a la conclusión que aquél joven caballero bien vestido, que se dirigía  a él educadamente, no representaba ningún peligro,   dejándolo en libertad por el barco.

Así fue posible, para mi padre, observar las pésimas condiciones en que laboraban aquellos marineros. Lo último que soportó, fueron  como comían todos en una olla grande. Las raciones de diez o diecisiete tripulantes se ponían en una fuente, en la que cada uno de ellos metía su cuchara, se la llevaba a la boca con lo que podía, buenamente o peleando.

Mi padre les explicó, que aquello  no era de seres humanos: así  comían los animales; que pidieran al capitán mejores condiciones de vida. Desde luego, el cabecilla, hizo el regreso a España, metido de nuevo en el calabozo.

Su estancia en Madrid, no fue por mucho tiempo, aunque desconozco este dato, sí lo que le ocurrió posteriormente en la capital española, que tendría gran trascendencia en su posterior vida y, por supuesto, en la mía.

Una de aquellas  pocas tardes que disfrutaba mi padre de sus salidas por  Madrid, tropezó con una manifestación del sindicato de trabajadores del pan: era un conjunto de trabajadores,- hombres y  mujeres-, que luchaban por sus derechos, la policía trataba de contenerlos a su manera: es decir, con los medios “habituales” del orden y justicia: chorros de agua, gases, palos, garrotes, etc.

Su reacción fue tratar de ayudar a los huelguistas: al ver a un policía levantar su garrote contra una joven casi adolescente, se lanzó contra el policía para protegerla; el guardia soltó a la joven, arremetiendo entonces contra  el intruso de inmediato, sus compañeros lo ayudaron a tomarlo preso.

Aquel acto, tan cotidiano en la época, dio inicio  a una relación de amistad, pues la bella joven rubia, de unos preciosos ojos verdes, comenzó a visitar al detenido los días que tenía permiso para ello. Así nació una relación de amor que duró toda la vida.

La familia de Blanca Rosa García Amat, se opuso a esta relación de un español, expulsado de Cuba, por su condición  de  luchador  contra  tiranía machadista, de ideas “muy raras”. No obstante, mi futura madre  y su enamorado, continuaron  su relación logrando efectuar su matrimonio en el propio Madrid.

Graciano tenía familia en Barcelona, (su padre estaba enfermo, por lo que la familia en pleno,- madre y hermanas-, los acogieron con alegría. Mi madre, que estaba en el último año del magisterio*, comenzó a trabajar en la escuelita de los Lípiz: el objetivo de la pequeña escuela que tenían, era ayudar en los ingresos, que no eran muchos en esa época. [*Magisterio: m. Título o grado de maestro que se confería en una facultad.]

Todo ello ocurría en plena guerra civil. En su casa se reunían  de combatientes anarquistas,  que estaban bajo el mando del destacado Comandante Durruti*, cuya muerte no está esclarecida, atribuyéndola a los trotskistas o los comunistas e incluso los socialistas: la división era total entre los luchadores. De allí salió, como un soldado más, mi querido tío Universo.

*El nombre completo del histórico líder anarquista español era José Buenaventura Durruti Domínguez. Fue una de las figuras más relevantes del anarcosindicalismo y de la CNT, conocido principalmente por comandar la mítica Columna Durruti durante la Guerra Civil Española. [1, 2] Fuente: IA Wikipedia+1

Poco tiempo después mi padre, involucrado ya con la guerra, fue designado para coordinar la recogida de niños sin familia, darles amparo y cuidado. Por este motivo, nos fuimos a vivir en Ataulfo No. 11, de allí nos mudamos  a Tarraza, un pueblo de Barcelona, con su esposa y conmigo.

La guerra se volvió más violenta: cuando comenzaron los bombardeos en nuestra zona, mis padres trataron de protegedme, para lo cual me llevaron de la cuna para su cama. Una bomba cayó sobre el techo del edificio, provocando que la lámpara y su florón cayeran sobre mi  cuna, pocos minutos después que mi madre, me pasara para su cama.

Todos los días, grandes camiones, llenos de niños,- algunos con sus madres-, otros  numerosos, sin ningún pariente, o sea, recogidos de la calle, salían para Francia. Según las noticias, iban para la Isla de Oléron,- en Francia-, a una Colonia que albergaría, según datos de la época, mil  niños españoles.

Yo iba con mi hermano Nilko, que tenía 1 añito; yo dos y medio, por supuesto, con mi madre. Al llegar al lugar, Blanca Rosa nos puso en el sitio que nos designaron: con muchas palabras dulces, nos explicó que la esperábamos allí tranquilos, pues ella tenía que ayudar a los demás,  con los otros niños. Por supuesto: mi hermano y yo, nos tranquilizamos, cuando ella regresó. 

No puedo determinar la fecha en que Nilko enfermó, pero  sucedió más o menos, al año y medio  de nuestra estancia en la Colonia: fue el único que contrajo la poliomielitis, entre cerca de mil niños. Quedó paralizado, desde la cintura hasta los pies, para toda la vida.

En aquella época poco, se conocía de esa enfermedad, aunque lo atendieran muy bien. Mi madre, no se separó de él, cuando los enviaron a un hospital de Paris, donde  lo atendieron con lo  mejor, que se conocía en esa época. Nuestro padre no estaba con nosotros, porque continuó trabajando en la recogida de los   niños, que irían a la colonia infantil de la Isla de Oléron en Francia.

El Regreso a Cuba y las peripecias sufridas antes de poder volver.

Un día para felicidad nuestra, en que mi madre paseaba un grupo de niños de la Colonia, por una de las calles del lugar, paró bruscamente un camión y  por azares  del destino,- o el Karma-, mi padre se tiró del mismo, gritándole a mi madre: ¡¡¡Chola!!! Mi madre, con un susto en la cara, gritó igualmente ¡¡¡Cholo!!! Sobrenombres cariñosos, que ambos utilizaban, abrasándose, riendo y llorando al mismo tiempo. ¡La familia se había vuelto a reunir!

Pasado algún tiempo, que no puedo recordar por mi corta edad, volvió mi padre para recogernos, ya que se habían logrado pasajes para Cuba para toda la familia: nosotros, nuestra abuela y mis tías. “Ante la caída de la República mi padre pasó a Francia y gracias a las gestiones de sus amigos cubanos, que lo reclamaron, y la condición de cubana de su esposa, a mediados de junio de 1,939 logró de nuevo arribar a La Habana junto con su familia”.

Fuente: https://www.ecured.cu/Graciano_Lipiz_Rodr%C3%ADguez

Rápidamente, recogimos lo poco que teníamos de equipaje y nos despedimos de todas las personas que cariñosamente nos acogieron durante un largo período.

Al llegar al puerto, la alegría fue inmensa, ya que llevábamos años sin ver a nuestra abuela y tías.  Papá había enviado al barco todo lo que teníamos en nuestra casa anterior, como nuestro equipaje de viaje.

Graciano con mi hermano Nilko cargado subió al barco, yo iba detrás agarrada por mi madre y aterrorizada, porque aquel viejo buque tenía una escalera de cuerdas y unas pequeñas tablitas de piso para poner los pies, por lo que se veía el mar en movimiento debajo de nosotros.

El capitán revisó a mi hermano, que había salido del Hospital hacía poco y conservaba heridas y marcas por todo el cuerpo y, sin otro análisis, determinó que él no estaba en condiciones de viajar, ordenando su traslado inmediato a tierra. 

El barco partió y en el puerto quedamos todos: mi hermano, mi madre y yo, sin equipaje, sin dinero, solos; con una inmensa tristeza, sin saber qué hacer en un lugar desconocido para nosotros y sin un solo amigo a quién recurrir.

Mi padre, que siempre había sido un hombre con muchos recursos para enfrentar los golpes de la vida, entró en un establecimiento cercano, que era restaurante, bar y algo más. Con lo poco que le quedaba en el bolsillo nos compró unos refrescos para nosotros nos tranquilizó lo que pudo y se puso a pensar qué haría.

De inmediato el camarero o dueño de aquél lugar, se acercó: preguntó qué les ha pasado, ¿Uds. no se iban en ese barco? Él le narró la tragedia que tenía. Y aquél hombre joven todavía le dijo riendo:

Hombre pero no se angustie que aquí hay un francés* que va a ayudar a una familia cubana, y sin más, nos alojó en una preciosa habitación con dos camas y  vista al mar”. ¡Pero yo no tengo por ahora con qué pagarle! Le repetía mi padre.

A callar, le decía él. [Nunca he olvidado aquel francés que, con aquél gesto generoso, salvó la angustia de una familia. No importa si era francés o de otra nacionalidad: lo decisivo es “la condición humana”, como en la novela de André Malraux, que prefiere morir él a que dos enamorados fueran arrojados a la caldera de una locomotora. Recomiendo habrá este vínculo: https://es.wikipedia.org/wiki/La_condici%C3%B3n_humana]   

Al Lector: para las próximas publicaciones de nuestras vidas, añadiremos las dos fuentes publicadas que conocemos, con el fin de evitar repetir datos que están al alcance del lector interesado. Si hubiera algún comentario sobre lo expuesto, lo publicaremos integró,- si es breve-, para conocimiento general.

Fuentes 1: Domingo Cuadriello, Jorge. Diccionario Biobibliográfico de escritores Españoles en Cuba Siglo XX. – Ciudad de La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2010. https://www.ecured.cu/Graciano_Lipiz_Rodr%C3%ADguez

Fuentes 1: para el trabajo de Yskra Lípiz García: 2. Biografía de Dª Emilia Rodríguez (1,882 – 1,962). Biblioteca de Mujeres. Ediciones del Orto. Realizada por la Dra. Olga Cabrera García. Escritora e investigadora cubana. Posee la categoría de Doctora en Ciencias Históricas y Doctora en Pedagogía en la Universidad de La Habana, Cuba. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC)”. 2Adicionalmente: recuerdos familiares contrastados y comprobados. Se citará la fuente en estos casos. 

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