Capítulo I.
Esta narración está realizada integrando la vida de Yskra
Lípiz García y Romel Hijarrubia Zell. El Lector está avisado de este
“detalle”.
Era la tarde-noche del viernes 29
de 1,964, año bisiesto; había realizado un examen de matemáticas del cual había
salido muy contento: tenía la nota más alta. Era un profesor de “los antiguos” recto, capacitado, que
explicaba los antecedentes de los problemas matemáticos: ello te permitía
razonar mejor lo planteado.
Era la “escuela” de formación
para estudios económicos superiores, a la que asistía a partir de las 5 de la
tarde hasta las 7 de la noche. Venía desde más de 25 km, Santiago de Las Vegas,
hasta ella, situada en Ayestarán y 19 de Mayo, si mal no recuerdo. Aunque era un trabajador de plantas
telefónicas para comunicación de larga distancia, deseaba ampliar mi mundo. En
los primeros meses del año 1,959 había matriculado Agronomía en la Quinta de
los Molinos, que había sido residencia provisional del Generalísimo Máximo
Gómez Báez, situada en Carlos III y Boyeros. Sin embargo, en esos meses tan
revueltos, había tenido que dejar de asistir. Más tarde, decidí a reanudar los
estudios superiores y eso hice.
Allí, y esa tarde, tuve el primer choque
con la realidad del pasado que supervivía: un señor maduro, alto, calvo,
entradito en carnes, estaba copiando descaradamente el examen ante la vista de
todos. Ninguno había actuado para impedir el fraude. Me dirigí al Delegado del
Aula para que parara ese engaño, pero no dio resultado. Insistieron en que
llamarían al alumno para, en privado, señalarle su mala actuación. Asumo que
todo quedó en “agua de borrajas”.
Veinte años más tarde, lo volví a encontrar en el Aeropuerto Internacional “José Martí” convertido en un importante
funcionario. El Karma
existe.
Al bajar la escalera que daba a 19 de Mayo, me llamó desde lo alto un
conocido,- Héctor Heras-, joven
brillante, de humilde cuna, que había conocido con su hermano Eduardo, en las luchas
clandestinas, alumnos ambos de la Escuela Normal para Maestros de La Habana.
Dada su formación, trato y relaciones, pronto lo situaron en un alto
cargo de asesoría adjunto al Presidente Urrutia. Parece que olvido de dónde provenía porque una tarde, al ir a
saludarlo, me trato de forma incorrecta, lo que provocó que le “cantará las 40”
por su soberbia. No obstante, cuando me llamó, fui a ver qué quería
decirme: “Romel, Lípiz murió; está en la
funeraria de 23 y L”. Él
se marchaba, yo también. Minuto más o menos,- tal vez-, no me hubiera enterado
de la muerte de un hombre al que quería como un padre. El Karma existe.
Graciano
Lípiz Rodríguez me había acogido en el seno de su familia como uno más,
porque mi madre estuvo ingresada en el Hospital para Tuberculosos “La Esperanza” desde el año 1,939 hasta
1,944/45. Mi padre estaba dedicado a sus trajines sindicales: no tenía
condiciones para atendernos a mí, mi hermano y
hermana.
Por ello, pase por dos asilos para niños sin hogar: uno; fue una
escuela de monjas con ellos, cerca de Cuatro Caminos, el otro fue el
Centro Martiano que estaba en Cojimar, siendo el destino de mis hermanos un
hogar similar laico, perdiendo
el contacto familiar. Un día pasó una procesión religiosa por la
calle Monte. Con mis hermanos me puse a verla desfilar. Parece que hice algún
comentario indebido, con el resultado de que las monjas me dieron una buena de
cocotazos. Tenía,- más o menos-, 7-8 años. Quedó en mis recuerdos para toda la vida. Ello, tal vez,
me llevó a no ser creyente y desconfiar bastante de los curas en general.
El Karma existe.
Volviendo al velorio de Graciano Lípiz Rodríguez quien fue, desde muy
joven, un personaje único. Anécdotas sobre él están por decenas. Lípiz fue
siempre delgado, alto, de nariz aguileña, muy inteligente y buena persona. De
mayor, fumaba tres o cuatro cajas de cigarrillos al día, algún que otro puro, más café en abundancia.
Era nervio vivo. El cáncer de pulmón lo mató.
Siendo estudiante de bachillerato, un “abusón” se dedicó a molestarle e intimidarle. Graciano no podía
enfrentarse a él de “tú por tú”,
puesto que el tipo era mucho más fuerte, alto y de más peso. Por tanto, comenzó
a prepararse como boxeador aficionado de peso ligero. Cuando estuvo listo,
desafió al sujeto a un combate, donde lo hizo quedar en ridículo. Tan bien peleó,
que le propusieron continuase en el boxeo de manera profesional, lo que no
aceptó.
Fue excelente espadachín y jugador de ajedrez. Al comenzar sus estudios
de bachiller inevitablemente se mezcló en la lucha política nacional contra el
Presidente Gerardo Machado Morales, cuyo primer período puede considerarse progresivo y el segundo una
tiranía caribeña más. Graciano aprendió oratoria, arte que debieran
conocer todos los luchadores sociales pues con él, se mueven “las masas” en el sentido que quiera el orador.
Incluso narró la historia de uno de los aspirantes a presidente de la
República, al cual quisieron sabotear sus adversarios el discurso, llevando
gente que lo interrumpían cada vez que comenzaba a exponer sus planes, caso de
ganar.
El orador pronto dejó de intentar acallar a la plebe: sencillamente, se
puso a mirar hacia las estrellas muy interesado. Según pasaba el tiempo, se
iba acallando el griterío y eran más los que buscaban lo que había llamado la
atención del orador. Al
hacerse silencio, entonces comenzó
su intervención: señalando como estábamos bajo un cielo estrellado, con
libertad, limpio y claro como los propósitos que tenía caso de ser electo. No
dijo Lípiz si el orador ganó o no las elecciones, sí que había usado el arte de la palabra para controlar y
poner de su lado a las “masas”.
Volviendo al personaje y su vida, Graciano era hijo de Emilia Rodríguez
Gato* y Vicente Lípiz Rodríguez**, ambos de oficio
fabricantes de zapatos y reparadores de ellos, de ideología anarcosindicalista*,
siendo los dos personas destacadas dentro de la organización anarquista. [*Anarcosindicalismo: una de las
muchas ramas del Anarquismo como teoría política. Defiende el sistema de
gobierno donde el estado sea regido por organizaciones obreras.]
** Cuya dirección les pidió su migración a Cuba para organizar el núcleo de luchadores, que estiman como la mejor forma de organización social progresiva: el gobierno basado en la dirección colectiva, a través de los sindicatos. Ambos, muy respetados en los medios obreros de España y Cuba por su combatividad.
En especial, Emilia era la típica mujer española de poco más de cinco
pies de estatura, de una inteligencia muy clara y principios muy firmes. Cuando
hablaba a los obreros, solía tener por estrado cajones vacíos de bacalao: sobre
ellos arengaba a la multitud, con voz clara y alta, como claro y alto era lo
que exigía para los suyos: Justicia
Social.
Con estos antecedentes, no es de extrañar que Graciano y otros hijos de
este singular matrimonio, estuvieran altamente
politizados socialmente por las ideas anarquistas o socialistas democráticas,
que fuera así en el caso de Graciano, quien participó en la lucha contra la
tiranía de Gerardo
Machado y Morales de forma destacada.
Heme aquí
en el salón de la funeraria, con decenas de amigos de los viejos y nuevos
tiempos.
Miré alrededor para descubrir antiguas caras y buscar las de la familia. Allí
estaban conversando, reviviendo viejas o nuevas historias. Vi a una mujer que
me llamó la atención por su pelo negro y figura, así como por la serenidad que
mantenía en aquellos momentos de dolor. Era la mayor de las hijas de Graciano, Yskra, a quien no veía, ni sabía de su
vida hacía más o menos diez/trece años.
Hicimos un aparte para recordar nuestro tiempo de niños: yo con
ocho o nueve años, ella con diez u once. Inevitablemente,
recordamos que, en esa época, yo aún me chupaba el dedo: ella se burlaba
continuamente de mí. Un 20 de mayo de 1,944 cambiaba el gobierno de la
República: dejaba el
poder el general Fulgencio Batista Zaldívar: lo transfería al Dr. Ramón Grau San Martín. Cuando comenzó
a escucharse el Himno Nacional, los hijos de Lípiz estaban conmigo y llevaron
la mano a la frente o al corazón en saludo muy poco marcial.
Yo tenía el pulgar en la boca
y, sin sacarlo de ella, estiré la mano hacia la frente, lo que a ellos provocó gran risa y a mí, una furia
incontrolable, que me dio por arrojarle a Yskra un tornillo de carpintería que
no le dio por su rápida reacción. Como está otras historias: yo era parte de la familia,
pero no del todo. Por la tarde, cuando Graciano regresaba a casa, los niños
corrían hacia él; lo abrazaban y acompañaban hacia la vivienda. Yo me quedaba
detrás, sin atreverme, pero deseando con todas mis fuerzas, correr también y
abrazar a “mi padre”. Nunca llegué a irme al grupo de
chiquillos y eso me dolía mucho.
Cuando nos cansamos de conversar y recordar, decidimos salir a respirar
aire fresco, tomar algún café y regresar más despiertos. Bajamos, tomamos el
café en la cafetería y decidimos irnos al muro del Malecón un rato. Nos
sentamos allí tranquilos. No había viento ni frío en ese final del febrero
caribeño, reanudamos la conversación. De una forma u otra, en algún momento, ella me preguntó sí era feliz: me quedé pensando en la pregunta
y en la respuesta que debía dar.
En esos momentos pasaba por una doble situación muy difícil: trabajaba
en la planta telefónica de Luz y Reyes, a tres calles de la casa de mi madre y
hermanos; vivía con mi esposa y un niño al final de la Avenida de Dolores. Dedicaba mi tiempo al trabajo y
a la lucha política que en el año 64 ya se apreciaba entre
el dominio creciente del Partido Socialista Popular de la vida pública, laboral
y social y las contradicciones con los que no querían tiranía “comunista”
ni comunismo ruso, sino Libertad con Pan y Democracia,
que era por lo que se había luchado.
Además, el acelerado proceso de expropiación había mellado bastante el
apoyo popular,- aunque aún era grande-, también lo era el descontento obrero porque volvieron las
“donaciones de días de trabajo” o de
“la libra de azúcar para Chile” o la
lucha “contra bandidos”, “la donación de un día de trabajo para
reconstruir El Encanto”,- en el que nunca se invirtió un céntimo
para su reconstrucción-, años más tarde, se hizo un parque muy popular; la milicia prácticamente obligatoria, que
sin serlo, te colocaba entre los “disidentes”
con las consecuencias políticas, sociales y laborales que conlleva ese
calificativo: en los centros de
trabajo, la falta de diversidad de opiniones y el cerco a todos los que
tuvieran la mínima discrepancia con lo que se estaba haciendo.
Por ejemplo se estableció de “ordeno
y mando” el sábado como día laboral, cuando los trabajadores en muchos lugares pidieron laborar una
hora diaria más, pero mantener el fin de semana libre, lo que no se
aceptó por el gobierno sin explicación ni justificación.
Como nunca he permanecido callado ante lo que consideró un error, me
había convertido “en el cabecilla” de una oposición latente que no percibía como contraria a la
“revolución”, sino a los errores que se estaban cometiendo uno tras otro.
Capítulo
II. Y. La vida de mis padres en Madrid y Cataluña; más el posterior exilio
forzado en Francia de la familia. (Texto de Yskra Lípiz García.)
Cuando le pregunté a Romel “si
era feliz” no sabía cuál sería la posible respuesta. Nunca antes había dado
señales de estar interesado en mí, sólo como un hermano, era nuestra relación:
ahora se trataba de unir nuestras vidas, la de nuestros hijos y padres.
Una
decisión muy difícil para ambos. Quedé
esperando un rato su respuesta, con gran ilusión de ser aceptada. No
deseaba en modo alguno que, siendo feliz, yo me interpusiera en su vida. Si su
respuesta fuera que no era feliz, sería la mujer más dichosa del
mundo, porque en aquel momento, estaba viuda
reconociendo mi interés como mujer,- por aquel medio hermano-, como hombre, que sin haberlo pensado nunca antes, me
atraía grandemente.
Habría que conocer que habían pasado, más o menos, entre 10 y 13 años de nuestro último encuentro;
ambos éramos ya, un hombre y una
mujer, en la plenitud de nuestra juventud.
Nací en Barcelona, Cataluña, no por casualidad, sino porque mi padre,
en el año 1,931, fue expulsado
de Cuba por pertenecer y luchar en
organizaciones contrarias a la tiranía
de Gerardo Machado.
Estando en la celda del barco
que lo conducía a España deportado, el Capitán habló con él en diversas ocasiones, llegando
a la conclusión que aquél joven caballero bien vestido, que se dirigía a él educadamente, no representaba ningún
peligro, dejándolo en libertad por el
barco.
Así fue posible, para
mi padre, observar las pésimas condiciones en que laboraban
aquellos marineros. Lo último que soportó, fueron como comían todos en una olla grande. Las
raciones de diez o diecisiete tripulantes se ponían en una fuente, en la que
cada uno de ellos metía su cuchara, se la
llevaba a la boca con lo que podía, buenamente o peleando.
Mi padre les explicó, que aquello
no era de seres humanos: así
comían los animales; que pidieran al capitán
mejores condiciones de vida. Desde
luego, el cabecilla, hizo el regreso a España, metido de nuevo en el calabozo.
Su estancia en Madrid, no fue por mucho tiempo, aunque desconozco este
dato, sí lo que le ocurrió posteriormente en la capital española, que tendría
gran trascendencia en su posterior vida y, por supuesto, en la mía.
Una de aquellas pocas tardes que
disfrutaba mi padre de sus salidas por
Madrid, tropezó con una
manifestación del sindicato de trabajadores del pan: era un conjunto de trabajadores,-
hombres y mujeres-, que luchaban por sus
derechos, la policía trataba de contenerlos a su manera: es decir, con los medios
“habituales” del orden y justicia:
chorros de agua, gases, palos, garrotes, etc.
Su reacción fue tratar de ayudar a los huelguistas: al ver a un policía
levantar su garrote contra una joven casi adolescente, se lanzó contra el
policía para protegerla; el guardia soltó a la joven, arremetiendo entonces contra el intruso de inmediato, sus compañeros lo
ayudaron a tomarlo preso.
Aquel acto, tan cotidiano en la época, dio inicio a una relación de amistad, pues la bella
joven rubia, de unos preciosos ojos verdes, comenzó a visitar al detenido los
días que tenía permiso para ello. Así nació una relación de amor que duró toda
la vida.
La familia de Blanca Rosa García Amat, se opuso a esta relación de un español,
expulsado de Cuba, por su condición
de luchador contra tiranía machadista, de ideas “muy raras”. No obstante, mi futura madre y su enamorado, continuaron su relación logrando efectuar su matrimonio
en el propio Madrid.
Graciano tenía familia en Barcelona, (su padre estaba enfermo, por lo
que la familia en pleno,- madre y hermanas-, los acogieron con alegría. Mi madre,
que estaba en el último año del magisterio*, comenzó a
trabajar en la escuelita de los Lípiz: el objetivo de la pequeña
escuela que tenían, era ayudar en los ingresos, que no eran muchos en esa
época. [*Magisterio: m.
Título o grado de maestro que se confería en una facultad.]
Todo ello ocurría en plena guerra civil. En su casa se reunían de combatientes anarquistas, que estaban bajo el mando del destacado
Comandante Durruti*, cuya muerte no
está esclarecida, atribuyéndola a los trotskistas o los comunistas e incluso
los socialistas: la división era total entre los luchadores. De allí salió,
como un soldado más, mi querido tío Universo.
*El nombre
completo del histórico líder anarquista español era José Buenaventura Durruti
Domínguez. Fue una de las figuras más relevantes del
anarcosindicalismo y de la CNT, conocido principalmente por comandar la mítica Columna Durruti durante la
Guerra Civil Española.
[1, 2]
Fuente:
IA Wikipedia+1
Poco tiempo después mi padre, involucrado ya con la guerra, fue
designado para coordinar la recogida de niños sin familia, darles amparo y
cuidado. Por este motivo, nos fuimos a vivir en Ataulfo No. 11, de allí nos
mudamos a Tarraza, un pueblo de
Barcelona, con su esposa y conmigo.
La guerra
se volvió más violenta: cuando comenzaron los bombardeos en nuestra zona, mis
padres trataron de protegedme, para lo cual me llevaron de la cuna para su
cama. Una bomba cayó sobre
el techo del edificio, provocando que la lámpara y su florón cayeran sobre
mi cuna, pocos minutos después
que mi madre, me pasara para su cama.
Todos los días, grandes camiones, llenos de niños,- algunos con sus
madres-, otros numerosos, sin ningún
pariente, o sea, recogidos de la calle, salían para Francia. Según las
noticias, iban para la Isla de Oléron,- en Francia-, a una Colonia que
albergaría, según datos de la época, mil
niños españoles.
Yo iba con mi hermano Nilko, que tenía 1 añito; yo dos y medio, por
supuesto, con mi madre. Al llegar al lugar, Blanca Rosa nos puso en el sitio
que nos designaron: con muchas palabras dulces, nos explicó que la
esperábamos allí tranquilos, pues ella
tenía que ayudar a los demás, con los
otros niños. Por supuesto: mi hermano y yo, nos tranquilizamos, cuando ella
regresó.
No puedo determinar la fecha en que Nilko enfermó, pero sucedió más o menos, al año y medio de nuestra estancia en la Colonia: fue el único que contrajo la
poliomielitis, entre cerca de mil niños. Quedó paralizado, desde la cintura hasta los pies, para
toda la vida.
En aquella época poco, se conocía de esa enfermedad, aunque lo
atendieran muy bien. Mi madre, no se separó de él, cuando los enviaron a un
hospital de Paris, donde lo atendieron
con lo mejor, que se conocía en esa
época. Nuestro padre no estaba con nosotros, porque continuó trabajando en la
recogida de los niños, que irían a la
colonia infantil de la Isla de Oléron en Francia.
El Regreso
a Cuba y las peripecias sufridas antes de poder volver.
Un día para felicidad nuestra, en que mi madre paseaba un grupo de
niños de la Colonia, por una de las calles del lugar, paró bruscamente un camión y por azares
del destino,- o el Karma-, mi padre se tiró del mismo, gritándole a mi
madre: ¡¡¡Chola!!! Mi madre, con un
susto en la cara, gritó igualmente ¡¡¡Cholo!!!
Sobrenombres cariñosos, que ambos utilizaban, abrasándose, riendo y llorando al
mismo tiempo. ¡La
familia se había vuelto a reunir!
Pasado algún tiempo, que no puedo recordar por mi corta edad, volvió mi padre para recogernos, ya que se habían logrado pasajes para Cuba para toda la familia: nosotros, nuestra abuela y mis tías. “Ante la caída de la República mi padre pasó a Francia y gracias a las gestiones de sus amigos cubanos, que lo reclamaron, y la condición de cubana de su esposa, a mediados de junio de 1,939 logró de nuevo arribar a La Habana junto con su familia”.
Fuente: https://www.ecured.cu/Graciano_Lipiz_Rodr%C3%ADguez
Rápidamente, recogimos lo poco que teníamos de equipaje y nos
despedimos de todas las personas que cariñosamente nos acogieron durante un
largo período.
Al llegar al puerto, la alegría fue inmensa, ya que llevábamos años sin
ver a nuestra abuela y tías. Papá había enviado al barco todo lo que teníamos en nuestra casa anterior, como nuestro equipaje de viaje.
Graciano con mi hermano Nilko cargado subió al barco, yo iba detrás
agarrada por mi madre y aterrorizada, porque aquel viejo buque tenía una
escalera de cuerdas y unas pequeñas tablitas de piso para poner los pies, por
lo que se veía el mar en movimiento debajo de nosotros.
El capitán revisó a mi hermano, que había salido del Hospital hacía
poco y conservaba heridas y marcas por todo el cuerpo y, sin otro análisis,
determinó que él no estaba en condiciones de viajar, ordenando su traslado
inmediato a tierra.
El barco partió y en el puerto quedamos todos: mi hermano, mi madre y yo, sin equipaje, sin
dinero, solos; con una inmensa tristeza, sin saber qué hacer en un lugar
desconocido para nosotros y sin un solo amigo a quién recurrir.
Mi padre, que siempre
había sido un hombre con muchos recursos para enfrentar los golpes de la vida,
entró en un establecimiento cercano, que era restaurante, bar y algo más. Con lo
poco que le quedaba en el bolsillo nos compró unos refrescos para nosotros nos tranquilizó lo que pudo y se puso a pensar qué haría.
De inmediato el camarero o dueño de aquél lugar, se acercó: preguntó
qué les ha pasado, ¿Uds.
no se iban en ese barco? Él le narró la tragedia que tenía. Y aquél
hombre joven todavía le dijo riendo:
“Hombre pero no se angustie que
aquí hay un francés* que va a ayudar a una familia cubana, y sin más, nos alojó
en una preciosa habitación con dos camas y
vista al mar”. ¡Pero yo no
tengo por ahora con qué pagarle! Le repetía mi padre.
A callar,
le decía él. [Nunca he
olvidado aquel francés que, con aquél gesto generoso, salvó la angustia de una
familia. No importa si era francés o de otra nacionalidad: lo decisivo es “la condición humana”, como en la novela
de André Malraux, que prefiere morir él a que dos enamorados fueran arrojados a la
caldera de una locomotora. Recomiendo habrá este vínculo: https://es.wikipedia.org/wiki/La_condici%C3%B3n_humana]
Al Lector: para las próximas
publicaciones de nuestras vidas, añadiremos las dos fuentes publicadas que
conocemos, con el fin de evitar repetir datos que están al alcance del lector
interesado. Si hubiera algún comentario sobre lo expuesto, lo publicaremos
integró,- si es breve-, para conocimiento general.
Fuentes 1: Domingo
Cuadriello, Jorge. Diccionario Biobibliográfico de escritores Españoles en Cuba
Siglo XX. – Ciudad de
La Habana:
Editorial Letras Cubanas, 2010. https://www.ecured.cu/Graciano_Lipiz_Rodr%C3%ADguez
Fuentes 1: para el trabajo de Yskra Lípiz García: 2. Biografía de Dª Emilia Rodríguez (1,882 – 1,962). Biblioteca de Mujeres. Ediciones del Orto. Realizada por la Dra. Olga Cabrera García. Escritora e investigadora cubana. Posee la categoría de Doctora en Ciencias Históricas y Doctora en Pedagogía en la Universidad de La Habana, Cuba. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC)”. 2. Adicionalmente: recuerdos familiares contrastados y comprobados. Se citará la fuente en estos casos.
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